Maestros Argentinos a Guinea Ecuatorial. Por José Narosky

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    “El hombre tendrá que ver a Dios a través del hombre”.

    Un 12 de octubre de 1968 y en horas de la madrugada, un estruendoso despliegue de fuegos artificiales iluminaba una perdida región, en el corazón del continente africano.

    ¿A qué se debía tal manifestación de alegría y a una hora tan intempestiva?.

    El rostro de los 300.000 habitantes de la Guinea Ecuatorial, tenía la respuesta.

    Las Naciones Unidas, habían sido notificadas por España, país del que dependía Guinea, de que ésta sería, con sus 300.000 habitantes, desde ese día, desde ese momento, una nación libre e independiente.

    La República de Guinea Ecuatorial, está situada entre el Camerún y Gabón (el territorio donde el Dr. Albert Schweitzer construyó su famoso hospital) en la costa atlántica de África. Es un país pequeño, de un tamaño aproximado a nuestra Provincia de Misiones.

    Sus riquezas principales son el cacao, el café, el coco y la explotación de maderas.

    ¿Idioma oficial?: el español, dado a que habia sido colonia española.

    En octubre de 1970, un año y medio después de su independencia, Guinea Ecuatorial, fue protagonista de una hermosa aventura del espíritu.

    El presidente de ese país, solicitó a las Naciones Unidas el envío de profesores de enseñanza media, para hacer conocer a sus súbditos la Física, la Geometría, la Literatura, el Castellano.

    Ofrecía contratos por 18 meses. Y precisamente 13 profesores argentinos –4 hombres y 9 mujeres- 13 “maestros” en toda la acepción del vocablo, aceptaron la propuesta, que equivalía a un desafío.

    Y partieron de la Argentina hacia Guinea Ecuatorial un 16 de Febrero de 1970.

    Tenían muy poca información sobre ese país.

    Lo que sí sabían es que carecerían de muchas cosas. Que no tendrían –por ejemplo- oculistas, ni odontólogos. Que abundaba la malaria y que toda la atención médica era precaria.

    Sabían también que el clima era excesivamente cálido y que encontrarían costumbres diferentes, hombres diferentes y ritos extraños.

    Pero ese puñado de profesores, que llevaban muy arraigado el noble oficio de enseñar, no se arredró. Porque tenían un ideal.

    Pensaron, sin duda, que se podría matar al soñador, pero jamás al sueño.

    Y partieron estos maestros argentinos, un día de octubre de 1970.

    Cuando llegaron, acababa de finalizar, próxima a las fronteras de Guinea, una guerra cruenta.

    Muy cerca de donde moría una República –Biafra- nacía la Guinea Ecuatorial.

    Los docentes argentinos comenzaron de inmediato su siembra de conocimientos. Y simultáneamente empezó su propia lucha contra un medio difícil, desconocido.

    No les fue fácil adaptarse. Faltaban, por ejemplo, productos lácteos. No encontraron una simple tintorería. No había para las mujeres, productos de belleza.

    Pero esto es simplemente lo anecdótico. Lo fundamental es que se transformaron en una embajada argentina sin rango diplomático, que dejó en aquella tierra lejana, la impronta de su fervor y de su desinterés.

    Desde aquel momento, bibliotecas y escuelas de Guinea poseen libros argentinos.
    Y estos profesores que fueron a enseñar, también aprendieron.

    Y aprendieron, por ejemplo, que la nacionalidad agrupa hombres. Pero que sólo la comprensión los une.

    Y descubrieron también que quizá la antropología en su evolución, llegará a confirmar que hay una sola raza: la humana.

    Vencido el contrato, 9 de los 13 profesores regresaron al país. Cuatro lo renovaron por otros 18 meses.

    Han pasado muchos años desde aquella mañana de octubre de 1970.

    Uno de aquellos profesores se quedó definitivamente en Guinea. Se casó con una lugareña y allí tuvo 3 hijos. Y hoy está todavía enseñando a sus alumnos -casi todos de raza Bantú- el conocimiento, que es como decir abriéndoles las puertas del mundo.

    Resumiendo, verdadera acción de estos maestros y maestras argentinas, fue mucho más allá de enseñar. Fue ratificar una vez más la condición fraterna del hombre por encima de su raza, su lengua, su color o su religión.

    Y esta aventura humana casi sin precedentes, trae a mi mente este aforismo

    “En lejanas tierras, podemos encontrar hombres cercanos”.

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