Enrique Caruso, una voz lírica inigualable, por José Narosky

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    “Las acciones más valiosas no cotizan en bolsa”.

    En nuestro país, alguien podrá no gustar del tango, pero nadie podría ignorar el nombre de Carlos Gardel. Y esta misma circunstancia ocurre –pero a nivel universal- con otros nombres aquí y en otros países.

    Incluso, puede no conocerse o no agradar el canto lírico. Pero el nombre de Enrico Caruso es conocido en los más recónditos lugares del planeta.

    Porque los grandes del arte derriban todas las fronteras. Por eso en cualquier país del orbe, así como Picasso es “El Pintor” y Barenboim el “Director de Orquesta”, Caruso es el “cantante lírico” por excelencia.

    La infancia del tenor fue muy humilde. De los 21 hijos que tuvo el matrimonio Caruso, Enrico fue el número 19, el penúltimo.

    Pero, el dolor se adueño de su familia, pues solo 3 de sus 20 hermanos llegaron a la adolescencia.

    Una enfermedad, no definida con claridad –pensemos que transcurría el siglo XIX- trajo ese enorme dolor a su familia.

    Y es curioso también, que de los tres hermanos sobrevivientes, sólo él sintió el canto.

    Su padre modesto mecánico, sin el menor oído musical, soñaba con un hijo ingeniero. Pero quien nació para cantar no puede vivir en jaula.

    Mil anécdotas definen a Caruso. En el colegio era un alumno poco aplicado y muy rebelde. Tenía unos 11 años, cuando una travesura imperdonable, decidió al director del colegio primario de Nápoles, donde había nacido en 1873, a expulsarlo de la escuela.

    Lo citó a la oficina de la dirección del establecimiento. Allí el alumno Caruso permanecía solo, esperando al director. Mientras tanto, tarareaba una canzoneta.

    El director, que era también músico, se había quedado escuchándolo sin que Caruso lo supiera. Al entrar, en vez de reprenderlo, sorprendido le dijo:

    -Sigue cantando, Enrico, por favor.

    El hombre intuyó que estaba en presencia de una voz privilegiada. Sabía que la inspiración sólo visita al verdadero artista.

    De ahí en más, Caruso participaria, no solo en la escuela, donde se había anulado su expulsión, sino en recitales privados, bodas y acontecimientos familiares de su ciudad: Nápoles.

    A los 21 años debutó profesionalmente, también en Nápoles. Lamentablemente sus nervios y su timidez lo hicieron fracasar.

    Pero Caruso era un ejemplo de voluntad, esa cualidad que no otorga por si misma el triunfo, pero que siempre lo acerca.

    Tres años después, reapareció, esta vez en Milán y fue el primer escalón de su ya ininterrumpida cadena de triunfos.

    Caruso tuvo el privilegio de estrenar dos óperas de Puccini que serían posteriormente famosas: “La Boheme” y “Madame Butterfly”.

    Luego giras por el mundo, incluso Argentina, país que visitó tres o cuatro veces. Y lo curioso, es que su voz nos impacte aún hoy.

    Porque hay que comprender que a principios del siglo XX no existía la reproducción estereofónica, o digital; o cualquiera de esos avances técnicos que realzan los valores vocales de un intérprete.

    Pero aun así, nos maravilla igualmente. Caruso llegó a ser el cantante mejor pagado de su época. Llegó a cobrar no menos de 10.000 dólares por función.

    Y llegó diciembre de 1920. Tenía 47 años.

    Interpretando en New York la ópera de Donizetti “Elixir de Amor”, sufrió la rotura de un vaso sanguíneo de su garganta. Descansó unos días. Y en la Nochebuena de ese año, es decir, sólo unas semanas después, volvió al escenario en la misma ciudad. Y una nueva hemorragia, que disimuló con varios pañuelos, y su “gran oficio”, le permitieron terminar la función, sin que el público lo percibiese. Ya no cantaría nunca más.

    Regresó a su querida Nápoles, donde meses después, un 2 de agosto de 1921, a los 48 años moriría durante el sueño.

    Retrocedamos en el tiempo para finalizar con una breve anécdota de su época triunfal:

    Invitado a cantar en un concierto de caridad para un hospital de su ciudad natal, estaba por comenzar la función. Minutos antes Caruso llamó al organizador.

    -No me han dado los 3.000 dólares de honorarios.

    -Pero -Ud. no nos dijo nada y lo que recaudemos es para el hospital-. Sr. Caruso, contestó el hombre aterrado. Claro. La sala estaba colmada.

    -Es que yo no canto gratis, agregó el cantante. Le pido que me consiga ya los 3.000 dólares.

    El hombre salió del camarín, y regresó minutos después con el dinero, que entregó- molesto por cierto- al cantante, pensando en el egoísmo de Caruso, al suponerlo demasiado interesado.

    Cuando el cantante terminó su recital, llamó a los organizadores y les entregó un cheque suyo por valor de 10.000 dólares.

    Entonces le dijeron:

    -¿Y por qué nos exigió antes los 3.000 dólares?

    -Porque el cantante que soy, cobra por ser un profesional. Pero el hombre que también soy, se complace en contribuir a una obra tan noble como ayudar a un hospital y en este caso de mi propia ciudad.

    ¡Que podría agregar! Y cierro con este aforismo.

    “El gran artista nos entrega mucho más que su arte”.

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